Presente
Todo depende de las acciones que tomemos hoy
El mañana
El futuro de Montebello se vislumbra como un cruce de caminos donde las decisiones presentes determinarán el bienestar del territorio y de quienes lo habitan. Frente a los retos ambientales y sociales heredados, las posibilidades se dividen entre la degradación continua y la recuperación sostenible. Para este apartado nos hemos sentado a reflexionar sobre las proyecciones de los impactos ambientales, los posibles escenarios que enfrenta la comunidad y las soluciones necesarias para construir un porvenir donde naturaleza y desarrollo puedan coexistir en equilibrio.

¿Qué nos espera?
Sabemos que el futuro no se construye solo, sino con las decisiones que tomemos hoy. Prever estos escenarios no es un ejercicio teórico ni una simple obligación: es nuestra manera de reconocer las consecuencias de nuestras acciones —o nuestra inacción— y de asumir la responsabilidad de lo que dejaremos a quienes vienen detrás de nosotros.
Escenario 1: el peor de los casos
Si las prácticas nocivas siguen avanzando sin control, el río, ese corazón líquido que ha sostenido a generaciones, podría dejar de latir. En este escenario sombrío, la contaminación, la deforestación y la minería ilegal no solo arrasan con el agua, sino con la vida misma, tanto la que habita sus aguas como la que depende de ellas.
El paisaje ya ha cambiado de forma devastadora. Los peces, esas criaturas que alguna vez fueron sinónimo de abundancia, han desaparecido casi que por completo junto con las aves que solían volar sobre sus márgenes. El río se ha tornado un cauce muerto, incapaz de reflejar el cielo, cargado de residuos que narran la historia de nuestra indiferencia.
Pero no es solo la naturaleza la que sufre. Las comunidades que han crecido junto al río, que han aprendido sus ciclos y lo consideran parte de su identidad, enfrentarían un golpe desolador si no se salva al río. La falta de agua limpia trae consigo enfermedades que no distinguen edades ni fortunas, y las redes de pesca, vacías, son el símbolo más cruel de lo perdido. La tierra, agotada sin el río que la nutre, ya no ofrece los mismos frutos.
En este éxodo, se perderían más que hogares. Se desvanecerían historias, tradiciones, abrazos junto al río al caer el sol. La comunidad, rota por la necesidad, sería un reflejo de un río al que no supimos proteger.
Este escenario no es solo un llamado a la acción: es un grito desesperado de la tierra, del agua, y de quienes aún dependen de ellas. No es tarde para actuar, para salvar lo que aún queda, para escuchar al río y darle la oportunidad de volver a fluir, limpio y lleno de vida. Pero ese cambio necesita de todos nosotros, ahora. No mañana, no cuando sea demasiado tarde. Ahora.
Escenario 2: el estancamiento
En este escenario de compromisos a medias, las políticas ambientales llegan pero no alcanzan. Se implementan sin fuerza, como si fueran promesas vacías que intentan tapar grietas en un río que todavía sufre. Aunque algunos rincones del ecosistema logran resistir, la verdad es que el corazón del río sigue latiendo débil, cargado de heridas que nunca terminan de sanar.
Para las comunidades, el impacto es igual de frustrante. El agua sigue siendo un recurso escaso y de calidad dudosa, un recordatorio diario de cómo la vida puede complicarse sin lo más básico. Las enfermedades persisten, y con ellas, la incertidumbre. La gente, cansada de esperar soluciones que nunca llegan completas, comienza a desconfiar. Las palabras de las autoridades se sienten lejanas, y con el tiempo, la apatía se convierte en el enemigo más grande: ¿de qué sirve alzar la voz si nadie escucha?
Este estancamiento no trae ni la destrucción total ni la salvación esperada. Es un limbo en el que las comunidades permanecen vulnerables, atrapadas entre la esperanza y el desengaño. A largo plazo, esta indiferencia disfrazada de acción parcial es igual de peligrosa que la inacción: perpetúa los problemas sin enfrentarlos realmente.
Si algo deja claro este escenario, es que el compromiso a medias no es suficiente. Un cambio verdadero necesita valentía, decisión y una mirada integral que entienda que el río no es solo agua: es vida, historia y futuro para quienes lo rodean.
Escenario 3: se salvan todos
En el mejor de los escenarios, el río volvería a ser lo que siempre debió ser: una fuente de vida y esperanza. Gracias a acciones decididas de conservación y una educación ambiental que conecta a las personas con su entorno, el agua recuperaría su claridad, y con ella, regresarían los peces y las aves. Las orillas, una vez heridas por el descuido, se llenarían nuevamente de vegetación y sonidos que hablan de un ecosistema en pleno renacer.
Para las comunidades, este renacimiento sería más que ambiental. Las enfermedades vinculadas al agua contaminada quedarían atrás, y con la restauración del río, también volverían los medios de vida tradicionales como la pesca y la agricultura. Pero no solo eso: el río revitalizado traería nuevas oportunidades, como el ecoturismo sostenible, que no solo ofrecería ingresos, sino que también invitaría a otros a conocer y respetar este rincón renacido del mundo.
Este futuro no solo es deseable, es posible. Demuestra que con decisión, inversión integral y el poder de la comunidad, un problema que parecía insalvable puede transformarse en una oportunidad para construir un legado de sostenibilidad y armonía. El río no solo renace; junto a él, lo hacen las vidas que dependen de su fluir constante.

¿Qué se puede hacer?
Un río sujeto de derechos
El reconocimiento del río Atrato como sujeto de derechos en 2016 marcó un precedente histórico en Colombia y el mundo, al dar personalidad jurídica a un ecosistema natural. Este logro fue resultado de años de lucha por parte de las comunidades afrodescendientes y organizaciones ambientalistas que denunciaron el impacto devastador de la minería ilegal, la contaminación por mercurio y la falta de presencia estatal en el territorio. El fallo de la Corte Constitucional (T-622/16) estableció que el río Atrato tenía derecho a su protección, conservación, mantenimiento y restauración, y ordenó la designación de representantes legales para velar por sus derechos, integrando a las comunidades locales en este rol.
Las comunidades de Montebello han mostrado resistencia frente a estas problemáticas, articulando luchas que combinan la denuncia, la educación ambiental y la promoción de alternativas sostenibles. Organizaciones como Toxic Tours han sido fundamentales al visibilizar la relación entre la minería, la pérdida de biodiversidad y la contaminación de los ríos, destacando cómo estos conflictos ambientales afectan no solo al entorno natural, sino también a la salud y los medios de vida de las comunidades locales.
En Montebello, la declaración de sus ríos como sujetos de derechos surge como una posibilidad esperanzadora para frenar su deterioro. Inspirados por el caso del río Atrato, líderes comunitarios han planteado la necesidad de reconocer el valor intrínseco de sus ecosistemas, así como de garantizar su preservación para las generaciones futuras.
Aunque la declaración de derechos para ríos como el Atrato representa un avance significativo, su implementación ha enfrentado múltiples desafíos: falta de recursos, incumplimiento de las órdenes judiciales y persistencia de actividades ilegales. Montebello podría enfrentarse a problemas similares, pero también tiene la oportunidad de aprender de estas experiencias.
Un reconocimiento legal para los ríos de Montebello no solo implicaría nuevas herramientas jurídicas para su protección, sino también un compromiso más fuerte de las autoridades y la sociedad en general hacia el desarrollo sostenible. Las comunidades, por su parte, tendrían que asumir un papel protagónico como guardianas del territorio, promoviendo prácticas que respeten los límites ecológicos de su entorno.
¿Modelos económicos sostenibles en Zonas mineras? NO.
El extractivismo verde no deja de ser extractivismo; cambiar el color del discurso no transforma su esencia. La minería, en cualquiera de sus formas, perpetúa un modelo que prioriza el consumo desenfrenado sobre la salud del planeta y de las comunidades que lo habitan. No se puede justificar el saqueo de la tierra bajo la bandera de lo "sostenible".
Debe llegar el momento en que la minería cese por completo, no como una pausa, sino como un paso hacia su desaparición definitiva. Existen alternativas, caminos que nos permiten avanzar sin destruir, opciones que nos invitan a replantear nuestras necesidades y la manera en que las satisfacemos. No es solo una cuestión de tecnología; es una cuestión de voluntad colectiva para imaginar y construir un futuro que no dependa de seguir arrancando vida a la tierra.
Nosotros, como civiles, no podemos quedarnos de brazos cruzados mientras las autoridades ambientales, las empresas y otros actores intentan llenarnos de cuentos sobre energías limpias que, en el fondo, siguen basándose en la extracción y el saqueo. Sabemos que esos discursos no solucionan el problema, solo lo disfraza. nuestras comunidades no necesitan más promesas vacías ni etiquetas verdes que encubren la misma destrucción. Necesitan soluciones reales, alternativas que devuelvan vida al pulmón de Montebello, que permitan que la tierra sane y que el aire vuelva a ser libre, sin el humo de la explotación ni la contaminación. La transformación empieza aquí, con nosotros, porque somos quienes vivimos las consecuencias y quienes tenemos el poder de exigir y construir un futuro diferente.
¿y el Ecoturismo?
El ecoturismo en Colombia ha demostrado ser una herramienta poderosa para entrelazar la conservación ambiental, el desarrollo económico y el fortalecimiento cultural. Regiones emblemáticas como el Amazonas, el Eje Cafetero y la Sierra Nevada de Santa Marta son pruebas vivientes de que es posible proteger la naturaleza mientras se impulsa el bienestar de las comunidades locales.
Montebello tiene el potencial para unirse a este camino. Aunque los recorridos de Toxic Tours ya han dado pasos iniciales, aún queda mucho por hacer para consolidar un modelo de ecoturismo con garantías en este sector de Cali.
Un ejemplo significativo es el de la comunidad indígena de Mocagua, en el Amazonas, que ha convertido su territorio en un epicentro de ecoturismo a través de iniciativas como la reserva Calanoa y los avistamientos de delfines rosados. Esta experiencia resalta la importancia de empoderar a las comunidades locales como protagonistas del turismo, permitiéndoles decidir sobre el uso de su territorio y revalorizar sus conocimientos ancestrales. En Montebello, un enfoque similar podría dar prioridad a los habitantes como guías turísticos, líderes de proyectos de conservación y emprendedores locales, fortaleciendo su conexión con la biodiversidad de la región mientras generan ingresos sostenibles.
El caso del Parque Nacional Natural Chingaza, cerca de Bogotá, también es un referente importante. Este destino ha sabido combinar turismo ecológico con programas educativos sobre la importancia de los páramos para el ciclo del agua.
Otro ejemplo clave es el del Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya, en el Eje Cafetero, que ha demostrado cómo la biodiversidad puede convertirse en el eje de un modelo de turismo comunitario. La observación de aves y mamíferos en su hábitat natural, junto con la participación activa de las comunidades locales en la gestión del santuario, ha permitido un desarrollo turístico que respeta el medio ambiente y empodera a los residentes.
La implementación del ecoturismo en Montebello, aunque llena de potencial, enfrenta desafíos que no podemos ignorar. Es esencial asegurarnos de que esta actividad no se transforme en un extractivismo turístico, donde la sobrecarga de recursos naturales o el desplazamiento de las comunidades locales sea el costo de la actividad. No podemos permitir que el turismo, en lugar de ser una solución, se convierta en una nueva amenaza para el equilibrio ambiental y social de la región.
El aprendizaje de casos exitosos en otras regiones de Colombia nos deja una lección clara: la planificación es clave. Necesitamos diseñar estrategias que prioricen la protección del medio ambiente y que, al mismo tiempo, coloquen a las comunidades locales en el centro del proceso, como protagonistas y beneficiarias directas.
Pero no podemos cargar todo el peso de esta tarea sobre los hombros de la comunidad. Las autoridades legales y ambientales tienen una responsabilidad ineludible: deben ofrecer garantías, apoyo técnico y recursos para que el ecoturismo sea una actividad viable, sostenible y justa. Solo con este trabajo conjunto lograremos que Montebello florezca como un destino donde la naturaleza y las personas encuentren un equilibrio verdadero.

El eterno vaivén: disputas entre la comunidad y la ley
En una rueda de prensa llevada a cabo por la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC) el 3 de agosto de 2022, se abordó una problemática de gran relevancia para la región: el impacto ambiental de la minería de carbón. Durante la conferencia, se afirmó que las actividades mineras, tanto legales como ilegales, habrían sido suspendidas desde el año 2002. Sin embargo, esta afirmación ha sido cuestionada debido a evidencias que sugieren la persistencia de problemas asociados con esta actividad.
Uno de los principales impactos ambientales en la región ha sido el fenómeno de los Drenajes Ácidos de Minas de Carbón (DAMC), que afecta directamente cuerpos de agua como la quebrada El Chocho. En respuesta a esta situación, se anunció la construcción de una planta de tratamiento de aguas residuales en un lote de 2.500 metros cuadrados, ubicado en el corregimiento de Golondrinas, Distrito de Santiago de Cali. Esta planta se proyecta como una solución clave para tratar los drenajes ácidos provenientes de antiguas minas ya no explotadas. Sin embargo, para octubre de 2024, el terreno destinado a la construcción ni siquiera mantiene el cartel que anunciaba el inicio de las obras.
En el transcurso de nuestra investigación, hemos observado un tira y afloja entre las autoridades y la comunidad. Las denuncias se multiplican, se exigen respuestas y soluciones, pero el estancamiento persiste. La frustración es palpable: el tiempo pasa, las promesas siguen sin cumplirse y la situación ambiental continúa deteriorándose. Las voces de la comunidad resuenan, pero el cambio real parece estar fuera de su alcance, mientras las autoridades se mantienen inmóviles, atrapadas en un ciclo de promesas incumplidas.
¿Continuará?
El 16 de octubre de 2024 emprendimos un viaje lleno de incertidumbre hacia un lugar del que habíamos oído mucho, pero que seguía siendo en gran medida desconocido para nosotros. Teníamos un objetivo claro: hacer un proyecto de investigación que le dejara algo en retribución a la comunidad y claro, ¿por qué no? sentirnos periodistas de verdad.
Mientras unos realizaban el primer recorrido con Toxic Tours, los demás caminamos cuesta arriba hasta la institución educativa Montebello, un lugar que parecía vibrar con la energía de los niños y la historia de su comunidad. Allí, nos propusimos llevar a cabo un taller de escritura y dibujo con los niños del grado 6-2. Queríamos que nos escucharan, pero también que nos hablaran, que nos contaran lo que sabían, lo que sentían. Les hablamos sobre la problemática del río, de las minas que habían dejado huellas profundas en el paisaje y en las vidas de las personas. Y ellos, sin dudar, nos hablaron sobre los diferentes ríos que mojan su tierra, cómo viven con ellos y cómo, en sus historias, los ríos siempre están presentes, como parte de su esencia.
Para ellos, el río es más que agua; es vida, es hogar, es historia. Y en cada palabra que nos compartían, sabíamos que, en ese momento, el verdadero trabajo de campo no solo era nuestro, sino el de ellos, de la comunidad, de Toxic Tours y de toda la biodiversidad que rodea Montebello, los guardianes de su tierra que aún buscan solucionar el problema haciendo frente a las vagas respuestas de las autoridades.