Presente
Montebello, un lugar marcado por su historia minera y rural.
Flashback: la bonanza
Desde mediados del siglo XX, la minería de carbón jugó un papel central en la configuración económica y social de la región. Colonos y trabajadores mineros provenientes de diversas partes del país llegaron a estas tierras atraídos por la promesa de empleo y progreso, generando un crecimiento poblacional y una transformación profunda en el paisaje y las dinámicas comunitarias.
En esta sección exploraremos los inicios de la minería en Montebello, los desafíos enfrentados por las familias y comunidades vinculadas a esta actividad, y los efectos de la dependencia económica en un recurso finito. Asimismo, abordaremos los primeros esfuerzos por organizarse y resistir los impactos negativos de la explotación minera, marcando el inicio de una lucha por la protección del territorio que persiste hasta hoy.

Montebello y Golondrinas
Como mencionamos al inicio de esta investigación, Montebello tiene sus raíces a principios del siglo XX, impulsado por el auge de la extracción de carbón. Mineros y colonos, principalmente provenientes de Antioquia, Cauca, Boyacá y Nariño, se establecieron en la región, atrayendo a más familias y formando un pequeño asentamiento. Desde sus inicios, la minería del carbón se convirtió en la principal actividad económica, complementada por cultivos de subsistencia y la producción de alimentos para el autoconsumo. La cría de ganado menor también desempeñó un papel crucial en la economía local.
Por otro lado, el corregimiento de Golondrinas, a 11 minutos de Montebello, es conocido por su proximidad al emblemático Cerro de las Tres Cruces. Este territorio, parte de la cuenca hidrográfica del río Aguacatal, se destaca por una particularidad geológica significativa: está atravesado por las fallas tectónicas de Cali y Pance, lo que le confiere características geográficas y ambientales únicas.
La historia de Golondrinas se remonta a la familia Barberena, propietaria inicial del territorio, quienes transformaron la economía local mediante la explotación del carbón mineral. Esta actividad minera no solo fue el eje económico, sino también el motor de la organización social, educativa y recreativa de la comunidad, atrayendo a nuevos habitantes y consolidando el conglomerado conocido hoy como Golondrinas.
El nombre original del corregimiento, El Salto de las Golondrinas, parece derivar de las bandadas de aves que emigraban desde El Retiro hacia la Loma Gorda de los Sinisterra en busca de alimento. En la década de 1950, bajo la gestión del inspector de policía Norberto Cachón, se formalizó el nombre “Golondrinas” en las comunicaciones oficiales dirigidas a entidades gubernamentales, coincidiendo con el reconocimiento del territorio como corregimiento.
Originalmente, el corregimiento incluía su cabecera, El Salto de las Golondrinas, y núcleos como La Pagua, Elizondo, La Laguna, San Isidro, El Filo y La María. También abarcaba las veredas Montebello, Bataclán y Campo Alegre, situadas al suroriente.
En 1930, José Romero Pichevin, propietario del sector Montecitos, promovió la migración y el desarrollo de la minería del carbón en la región. Tras su fallecimiento, su esposa, su hija Alicia Romero Camacho y sus hermanos continuaron con la explotación hasta 1997, cuando las minas cerraron definitivamente.
La historia de Golondrinas puede dividirse en dos etapas marcadas: la primera, de prosperidad minera, y la segunda, de crisis económica y social tras el cierre de las minas. Dependiente casi exclusivamente de la minería, la comunidad enfrentó una grave crisis al carecer de recursos y conocimientos para diversificar su economía, dejando a muchas familias en condiciones de desempleo y pobreza.
Bocamina “La Trinidad”, presione la imagen para ver fuente
¿Y el río?
Históricamente, el río fue la principal fuente de agua para consumo humano y doméstico, Los agricultores utilizaban el agua del río para irrigar sus tierras y garantizar las cosechas. Ofrecía una fuente de alimento a través de la pesca, tanto para consumo propio como para comercialización. Y claro, las familias iban a disfrutar de un buen día en sus aguas.

Cueca Hídrica- INGEOMINAS
Minería en Montebello: Los Orígenes
Inicio de las actividades mineras
Se estima que las actividades mineras en Montebello comenzaron a mediados del siglo XX, específicamente en 1955, coincidiendo con el auge de la extracción de carbón en la región. Este recurso natural, abundante en la zona, se convirtió en una fuente crucial de sustento para numerosas familias. Durante varias décadas, la minería del carbón experimentó un crecimiento significativo, impulsando el desarrollo económico de Montebello y atrayendo a nuevos pobladores. Sin embargo, con el paso del tiempo y el agotamiento de algunas vetas, la actividad minera comenzó a declinar.
Apolinar Ruiz López, licenciado en Historia por la Universidad del Valle, en un texto en el que reconstruye la historia minera de Cali mencionó que ya en el año 1930 la explotación del carbón en la región estaba organizada y en expansión. La Nación gestionaba la explotación de la mina Los Chorros, propiedad del Ferrocarril del Pacífico, que contaba con seis socavones principales, empleaba a 150 obreros y era dirigida técnicamente por ingenieros de la empresa. Su producción mensual oscilaba entre 1.200 y 1.500 toneladas.
Además de Los Chorros, existían numerosas minas privadas en la región, entre ellas se destacaban:
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La Cascada, de Ernesto de Lima.
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Siloé, de Luis Chedé.
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La Morelia y San Fernando.
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Los Limones, de Hernando Sinisterra, en el sector del Aguacatal.
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La mina del Cerro de las Tres Cruces, perteneciente a los hermanos Pablo, Benito y José López, hijos del empresario Benito López.
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Las minas de la familia Barberena, en el sector de Golondrinas.
En 1955, con la construcción de la Central Hidroeléctrica de Anchicayá en Buenaventura, el Estado estableció nuevas minas de carbón en Cali, en las zonas de La Cascada y La Buitrera, para cubrir el déficit de producción generado por la demanda de la planta de Propal, la empresa perteneciente al Grupo Carvajal con más de 60 años de trayectoria en el sector papelero. Este esfuerzo contó con el apoyo conjunto de empresas como Cartón de Colombia, Celanese, Propal y Anchicayá, que financiaron a tres productores privados en Golondrinas: Barberena, Dávila y Romero.
Factores que impulsaron esta expansión
En ese periodo de auge, Montebello se convirtió en un epicentro de frenética actividad minera, impulsado por la creciente industrialización del país y la insaciable demanda de energía fósil que se obtiene de la combustión de restos de organismos vivos que se han fosilizado en el subsuelo terrestre.
El carbón, oscuro y abundante en las entrañas de la región, se extraía con sorprendente facilidad gracias a las condiciones geológicas favorables y a la disponibilidad de una mano de obra ávida por transformar la promesa del subsuelo en sustento diario. Los caminos, antes serpenteantes y precarios, dieron paso a vías de acceso mejoradas que conectaban las minas con los centros de consumo.
Camiones cargados hasta los topes trazaban rutas constantes, mientras el eco metálico de los picos y el retumbar de los vagones subterráneos narraban una historia de progreso, esfuerzo y, más tarde, agotamiento. La actividad minera no solo modificó el paisaje físico, sino también el tejido social, marcando a Montebello con una identidad forjada entre carbón y esperanza.

Las Minas
Un legado familiar
En el corazón de Golondrinas, la familia Barberena Aparicio se erigió como una de las protagonistas centrales en la historia de la región. Dueña de vastas tierras, su riqueza carbonera marcó tanto el destino de sus propios miembros como el de las comunidades vecinas.
Desde la década de 1930, su influencia fue más que económica; su poder político y social se entrelazó profundamente con el desarrollo de la región. Entre sus propiedades más notables estaba Tapetusa, un terreno de 29 hectáreas que adquirieron en 1962 por ocho mil pesos, delimitado por la quebrada El Chocho y el sector de La Torre. Tapetusa no solo fue un centro de actividad económica, sino también el escenario de disputas legales que persistieron por décadas, y que enfrentaron a la familia con otros propietarios que reclamaban derechos sobre estas tierras.
Las tensiones alcanzaron su punto álgido en los años 90, cuando otras familias presentaron documentos que complicaron la titularidad del terreno. Carmen Julia Sánchez Gil, por ejemplo, adquirió un lote en 1995 y realizó subdivisiones que reconfiguraron parte de la propiedad, mientras que los Garcés Álvarez alegaron derechos sobre porciones de tierra desde 1963. Estas disputas no solo reflejaron los intereses económicos en juego, sino también la fragilidad de los registros y la delimitación de propiedades en una región marcada por su riqueza mineral.
A la par, la familia Barberena mantuvo una relación ambivalente con la comunidad. Por un lado, su actividad generó empleo y beneficios sociales para las localidades cercanas; por otro, las tensiones por la tenencia de la tierra y los impactos ambientales de la minería alimentaron los conflictos locales.
En este mismo escenario, la figura de José Romero Pichevín emerge como pionero de la explotación carbonífera en Montecitos, organizando las primeras migraciones y asentando las bases para un desarrollo minero que, tras su muerte, fue continuado por su familia. Sin embargo, los años trajeron desafíos insuperables, y en 1997, la clausura definitiva de las minas marcó el fin de una era que había definido el carácter de la región.
Carboneras Elizondo: Legado Industrial y Social en las Montañas de Cali
Enclavada en las montañas que conectan los corregimientos de Golondrinas, La Paz y Montebello, Carboneras Elizondo se extendía sobre 304 hectáreas que dividían su vasta operación en tres predios principales: Elizondo, La Ciénaga y Menga. Fundada en 1907 por Santos Barberena, un visionario inmigrante vasco que llegó al Valle del Cauca en 1898, la empresa surgió de una incansable búsqueda por las montañas en pos de los preciados afloramientos de carbón. Este esfuerzo pionero sentó las bases para casi ocho décadas de pujanza económica y reconocimiento en la región.
Con un total de 155,70 hectáreas, el predio Elizondo se alzaba como el núcleo de la operación. A lo largo de los 90 años de operación, Carboneras Elizondo alcanzó un auge incomparable gracias a la modernización de su infraestructura. Una red de 20 kilómetros de túneles y cinco bocaminas activas impulsaron su producción, que llegó a un extraordinario volumen de 4.000 toneladas mensuales. Este carbón abastecía a grandes empresas de la región, como Cartón de Colombia, Ladrilleras del Valle y los ingenios Providencia, Manuelita y Mayagüez.
Sin embargo, su impacto trascendía lo económico. La empresa fue un pilar en el desarrollo social de Santiago de Cali y sus corregimientos. Bajo la visión de Antonio Barberena, uno de sus propietarios y primer inspector de policía de Golondrinas, se construyeron un centro de salud y una escuela que llevan su nombre, beneficiando a las comunidades locales con acceso a educación, empleo y servicios esenciales. Estas iniciativas consolidaron a Carboneras Elizondo como mucho más que una empresa minera; era un agente de cambio en el tejido social de la región.
Con el tiempo, los días de gloria de Carboneras Elizondo comenzaron a desvanecerse. Los yacimientos, antaño generosos, se agotaron hasta reducir la producción a unas pocas toneladas mensuales. Sin embargo, las cicatrices de su legado permanecen: túneles que serpentean bajo las montañas, historias de esfuerzo humano, y una comunidad transformada por el carbón que alguna vez definió su destino.


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